Centro Femenil de Readaptación Social Tepepan
Posted by Luis Gómez in Testimonios, tags: Alex Angulo, Antonio Fonseca, carcel mujeres tepepan, Luis Gómez, Paola MirónYoga de la Risa en
el Centro Femenil de Readaptación Social Tepepan
¿Qué cualidades tenemos los humanos que nos distinguen de los animales? La risa es una de ellas: los animales no pueden siquiera sonreir. Y, ¿quién no disfruta reir a carcajadas?
En ocasiones pareciera que nuestras circunstancias no nos dieran para reir lo suficiente. Cuando nuestra libertad, que es una de las cosas más preciadas de la vida, nos es quitada, parece como si la risa desapareciera.
Un grupo de Yoga de la Risa fue a visitar el reclusorio de mujeres en Tepepan, Ciudad de México. Al entrar se siente un ambiente pesado, no pasa el viento, los jardines se dejan ver a través de los vidrios o de pequeñas puertas y más allá de todo, una pared inmensa te separa de la libertad.
Estar ahí no es tan fácil ni para el que está de visita ni para la que se queda seguramente. Se te pide no llevar objetos de valor ni mucho dinero y evitar ir vestido de azul, negro o beige.
El miedo es olido a la menor provocación, las risas de las reclusas se hacen evidentes. Las miradas se cruzan y por un momento no sabes qué hacer. “Me siento como un pegaso atado”, menciona una reclusa. Constantemente se nos olvida que todos somos seres humanos, que por mucho que nos veamos rudos, fuertes y violentos, por dentro siempre queremos un abrazo, un beso, una sonrisa. A veces simplemente nos negamos a aceptarlo, quizá algún día llegue el momento de ser sinceros. Pero una sonrisa no se le niega a nadie, por lo menos yo no la puedo negar. A mi me pidieron llegar con mi alegría, con las ganas de compartir risas y nada más.
Poco a poco, las mujeres vestidas en tonos azules se van acercando: ancianas, jóvenes, morenas, blancas, señoras bien arregladas y una que otra extranjera se reúnen en un pequeño salón a cambio de “indulgencias” en sus condenas. Las reglas se dicen: sólo puedes expresarte con balbuceos siempre mirando a los ojos y la risa es la finalidad. Se trata de hacer gestos, de moverte haciendo mímicas y comenzar a reir quizá con una risa fingida que después se desatará en grandes carcajadas si así lo deseas. Por unos momentos, los niveles sociales ya no importan, el maquillaje y las nacionalidades se hacen a un lado para dar paso a la diversión, a la sensibilidad, a la apertura de ser uno mismo. Se trata de regresar a ser niño y brincar, hacer caras, en fin, jugar con los que están a tu alrededor. Al terminar, todos los que lo deseen reciben un abrazo para lo cual debes de estar con los brazos abiertos. Es un abrazo sincero aunque a veces sea tímido o esté cargado de impotencia. De cualquier manera, las emociones se transforman y así sean lágrimas o coraje, éstos pueden convertirse en algo bello, el asunto es que cada uno se lo permita.
Tal vez no salves a nadie, tal vez no veas resultados en ese momento pero seguro cambiarás una parte de su existir y al mismo tiempo estarás aprendiendo algo. La libertad es el anhelo constante en ese lugar y las risas que llevamos logran ser un granito de esa felicidad, un momento de escape, una reconexión con uno mismo, con ese ser hermoso que de pronto dejamos en el olvido y creemos que ya no somos.
Grisel Samaniego Monter
Yoga de la Risa en
el Centro Femenil de Readaptación Social Tepepan
¿Qué cualidades tenemos los humanos que nos distinguen de los animales? La risa es una de ellas: los animales no pueden siquiera sonreir. Y, ¿quién no disfruta reir a carcajadas?
En ocasiones pareciera que nuestras circunstancias no nos dieran para reir lo suficiente. Cuando nuestra libertad, que es una de las cosas más preciadas de la vida, nos es quitada, parece como si la risa desapareciera.
Un grupo de Yoga de la Risa fue a visitar el reclusorio de mujeres en Tepepan, Ciudad de México. Al entrar se siente un ambiente pesado, no pasa el viento, los jardines se dejan ver a través de los vidrios o de pequeñas puertas y más allá de todo, una pared inmensa te separa de la libertad.
Estar ahí no es tan fácil ni para el que está de visita ni para la que se queda seguramente. Se te pide no llevar objetos de valor ni mucho dinero y evitar ir vestido de azul, negro o gris.
El miedo es olido a la menor provocación, las risas de las reclusas se hacen evidentes. Las miradas se cruzan y por un momento no sabes qué hacer. “Me siento como un pegaso atado”, menciona una reclusa. Constantemente se nos olvida que todos somos seres humanos, que por mucho que nos veamos rudos, fuertes y violentos, por dentro siempre queremos un abrazo, un beso, una sonrisa. A veces simplemente nos negamos a aceptarlo, quizá algún día llegue el momento de ser sinceros. Pero una sonrisa no se le niega a nadie, por lo menos yo no la puedo negar. A mi me pidieron llegar con mi alegría, con las ganas de compartir risas y nada más.
Poco a poco, las mujeres vestidas en tonos azules se van acercando: ancianas, jóvenes, morenas, blancas, señoras bien arregladas y una que otra extranjera se reúnen en un pequeño salón a cambio de “indulgencias” en sus condenas. Las reglas se dicen: sólo puedes expresarte con balbuceos siempre mirando a los ojos y la risa es la finalidad. Se trata de hacer gestos, de moverte haciendo mímicas y comenzar a reir quizá con una risa fingida que después se desatará en grandes carcajadas si así lo deseas. Por unos momentos, los niveles sociales ya no importan, el maquillaje y las nacionalidades se hacen a un lado para dar paso a la diversión, a la sensibilidad, a la apertura de ser uno mismo. Se trata de regresar a ser niño y brincar, hacer caras, en fin, jugar con los que están a tu alrededor. Al terminar, todos los que lo deseen reciben un abrazo para lo cual debes de estar con los brazos abiertos. Es un abrazo sincero aunque a veces sea tímido o esté cargado de impotencia. De cualquier manera, las emociones se transforman y así sean lágrimas o coraje, éstos pueden convertirse en algo bello, el asunto es que cada uno se lo permita.
Tal vez no salves a nadie, tal vez no veas resultados en ese momento pero seguro cambiarás una parte de su existir y al mismo tiempo estarás aprendiendo algo. La libertad es el anhelo constante en ese lugar y las risas que llevamos logran ser un granito de esa felicidad, un momento de escape, una reconexión con uno mismo, con ese ser hermoso que de pronto dejamos en el olvido y creemos que ya no somos.


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